FUKUSHIMA: Tres años después del accidente

El 11 de marzo de 2011, tras el seísmo y posterior tsunami que devastaron el norte y este de Japón, se produjo el accidente nuclear de Fukushima, el peor desde el de Chernóbil (Ucrania) en 1986. Las emisiones radiactivas resultantes aún mantienen desplazadas a unas 50.000 personas que resi-dían en torno a la planta, además de afectar gravemente a la agricultura, la ganadería y la pesca local.

El accidente de Fukushima es el segundo accidente más grave de toda la historia en cuánto a número de víctimas, tras el de Chernóbil.

Fukushima volvió a recordar al mundo algo que parecía haber olvidado: que la energía nuclear es peligrosa, que por muchas precauciones que se tomen no se puede prever todo y que el accidente puede ocurrir.

3.000 personas se dedican a diario a la descontaminación de la instalación y a retirar los escombros del tsunami, así como al control del enfriamiento de los reactores accidentados. Es necesario inyectar cada día 400 toneladas de agua, recogerla, filtrarla y depositarla en tanques de almacenamiento.

El accidente de Fukushima ha demostrado que los fenómenos sísmicos y los errores humanos pueden echar por tierra cualquier cómputo teórico y cualquier estadística en el sector nuclear. Cuando se cumple el tercer aniversario de la catástrofe ecologistas en acción ha publicado un informe «Fukusima el accidente y sus secuelas en el tercer aniversario», un repaso por lo ocurrido y por las amenazas vigentes.

Repaso de lo ocurrido en Fukushima

Tal y como recoge el informe de ecologistas en acción, el accidente de Fukushima presenta dos particularidades: se produce por un fenómeno externo a la central y en un país que es una potencia tecnológica de primer orden.

Lo primero muestra una nueva dimensión de la seguridad nuclear: es imposible prever todo lo que pueda llegar a ocurrir en las cercanías de las centrales.

Lo segundo es revelador: ni siquiera un país como Japón puede evitar un accidente como este ni vencer los enormes desa-fíos que supone la contaminación radiactiva del agua y del territorio.

El terremoto y el tsunami ocurridos aquel 11 de marzo en Japón afectaron a 12 de los 50 reactores japoneses. En particular, los cuatro reactores de la central Fukushima II, sufrieron también daños importantes.

Todos los reactores de Fukushima son de agua en ebullición y el número 1 es idéntico al de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos), mientras que el número 3 es muy similar a la de Cofrentes (Valencia).

Este tipo de centrales tiene unas características que las hacen especialmente vulnerables a sucesos externos.

En ellas el vapor radiactivo del circuito primario sale del edificio del reactor, de hormigón, y llega a las turbinas, que están situadas en un edificio civil ordinario. Además, las barras de control, verdaderos frenos de la central, se insertan desde la parte de abajo de la vasija, por lo que es imprescindible que el accionador neumático funcione, puesto que las barras no podrán caer solas por gravedad.

Cuando se produjo el terremoto, funcionaban los reactores números 1, 2 y 3 mientras que el número 4 estaba en recarga, y los números 5 y 6 en mantenimiento. Si hubieran estado los seis reactores en funcionamiento, el accidente habría sido mucho más grave.

Durante el terremoto, cuando los sensores detectaron el temblor, los reactores pararon automáticamente mediante la inserción de las barras de control.

Sin embargo, no salieron indemnes, en contra de lo que la industria nuclear ha proclamado, puesto que investigaciones realizadas tras el accidente han revelado que muchos de los sistemas de emergencia fueron dañados por el temblor de tierra.

Acontecimientos tras el tsunami

Entre el terremoto y el tsunami pasó una hora que aprovecharon los operadores para penetrar en las contenciones de los reactores y detectaron vapor radiactivo, lo que era una prueba de la rotura de alguna tubería de refrigeración.

El tsunami que siguió al seísmo destrozó los edificios auxiliares y dejó inservible el circuito primario de refrigeración y los sistemas de emergencia de alimentación y de refrigeración. En estas circunstancias, no había forma de ex-traer el calor de los reactores 1, 2, 3.

El calor era muy alto por la radiactividad del combustible y por tanto se hizo necesario enfriarlo por cualquier medio para intentar que el núcleo no se fundiera y el combustible nuclear no acabara por salir al exterior. Por ello se decidió rociar los reactores con grandes cantidades de agua de mar. Pero esto se hizo unas 20 horas después del terremoto, demasiado tarde porque los reactores ya sufrían fusión parcial.

La decisión de rociar los reactores con agua salada equivalía a condenarlos a muerte, por eso los responsables de Tokio Electric Power Company (TEPCO), propietarios de la central, tardaron tanto en tomar esta decisión.

La temperatura de los reactores siguió aumentando hasta más de 2.000 grados, por la falta de refrigeración. A esta temperatura se produce hidrógeno a partir del agua. Este gas, que es muy explosivo, salió de la contención primaria y se acumuló en los edificios de los reactores. Allí reaccionó con el oxígeno y se produjeron las tres grandes explosiones que lanzaron materiales hasta unos 100 m de altura. Esto provocó los primeros escapes de radiactividad al medio.

Durante el accidente se produce una fuga radiactiva masiva de sustancias ligeras como el yodo-131, de 8 días de tiempo de semidesintegración, o el cesio-137 cuyo periodo de semidesintegración es de 30 años, o el tritio con periodo de 13 años.

Pero la situación podría haber empeorado mucho si se hubiera escapado masivamente el combustible gastado, que contiene sustancias como el plutonio que son radiactivas durante decenas de miles de años. De hecho, la contención del reactor número 2 se rompió y se produjo la fuga de plutonio en las cercanías de la central.

Gravedad del accidente

Para evaluar la gravedad del accidente es imprescindible, entre otras cosas, calcular la cantidad de radiactividad que se escapó y en forma de qué radioisótopos.

En un principio se afirmó que la radiactividad fugada alcanzó aproximadamente el 20% de la que escapó en el accidente de Chernóbil, pero cálculos posteriores la elevaban al 40%.

Se trataría de unos 36 Peta BQ (Peta=mil billones), de los cuales el 80% se verterían al mar y el 20% a tierra.

Los reactores 1, 2, y 3 se estuvieron refrigerando con agua salada durante 11 meses, durante los cuales se reconoció que la situación no estaba controlada, ni mucho menos.

Así pues la central estuvo expuesta a nuevos terremotos hasta la primavera de 2012. Y eso a pesar de que los expertos e incluso la propia TEPCO, decían tras el accidente que los reactores iban a estar bajo control en unos días.

Otro problema lo constituyeron las piscinas de residuos de alta radiactividad, situadas en la parte de arriba de los edificios de los reactores. El combustible gastado debe ser cubierto permanentemente con agua para ser refrigerado y para que la capa de agua sirva de blindaje frente a la radiactividad.

Además, también se desveló la existencia de una piscina de combustible gastado común para todos los reactores, lo que introducía un riesgo nuevo en el control del accidente.

Nube radiactiva

El 20% de las emisiones radiactivas se extendieron hacia el NO de Fukushima debido a los vientos dominantes. Las emisiones radiactivas han contaminado el agua, la leche y los alimentos a más de 40 kilómetros de la central.

La nube radiactiva ha llegado a Tokio, situado al SO y a una distancia de 250 km, donde se registraron 8 veces las dosis normales y se contaminaron 5 depuradoras de agua.

Afortunadamente, los niveles no pasaron de ahí, porque la ciudad de Tokio y su área metropolitana tienen 36 millones de habitantes. Además se ha detectado plutonio en los alrededores de la central y estroncio a distancias de unos 40 km. Esta nube viajó miles de kilómetros y se llegó a detectar en España.

La gestión del accidente resultó simplemente desastrosa en parte por las condiciones del territorio, en que no funcionaban las comunicaciones ni los servicios básicos. Las órdenes de evacuación fueron «caóticas», según pone de manifiesto un informe elaborado por el parlamento japonés. Si esto no hubiera sido así, las dosis radiactivas habrían sido más bajas.

El 0,7 % de la población recibió dosis superiores a los 10 mSv en pocos días (1 mSv es la dosis máxima para el público en general en un año) y muchos supe-raron los 20 mSv.

El 42,3% han sido expuestas a dosis entre 1 y 10 mSv. Los efectos de estas dosis se revelarán entre los 10 y 20 años después del accidente. De momento ya se han detectado 18 nuevos cánceres de tiroides entre los niños de Fukushima y el Gerente de la planta, Masao Yoshida, murió de cáncer de esófago.           

 

Si bien no es posible establecer estrictamente una causalidad entre el accidente y esta muerte, no es descabellado pensar que están relacionados dado que Yoshida-San permaneció en su puesto tomando decisiones en Fukushima.

Para algunos es un héroe para otros se equivocó al tardar tanto en desobedecer a sus superiores y tomar la decisión de refrigerar los reactores con agua de mar.

La nube radiactiva contaminó la tierra y los alimentos. Se detectó radiactividad en la leche materna, en las verduras y en la ternera. Los niveles de dosis en los alimentos alcanzaron cinco veces lo permitido. Para mantener la población alimentada se han multiplicado por 5 los niveles de radiactividad permitidos en los alimentos.

En la actualidad todavía hay unas 52.000 personas que no han podido volver a sus casas.

Contaminación del agua

Los vertidos radiactivos al mar constituyen un hecho muy grave e inédito que introduce una nueva variable en este tipo de accidentes.

La contaminación afectará a los ecosistemas marinos y es muy difícil evaluar sus efectos puesto que no existen precedentes.

Pero es claro que las sustancias radiactivas tendrán un enorme impacto en los ecosistemas marinos hasta que el agua se diluya suficientemente para que los niveles de radiactividad sean admisibles.

La extensión de la contaminación dependerá de la distribución de las corrientes marinas en la zona y va a afectar probablemente a cientos de kilómetros cuadrados. A esto  hay que añadir el hecho de que los peces se desplazarán extendiendo la radiactividad mucho más allá de la zona del vertido.

Además hay que tener en cuenta el efecto de la acumulación de la contaminación en las cadenas tróficas. Y, no hay que olvidarlo, el eslabón final de la cadena es el ser humano. Se han detectado ya especies pesqueras con contenido radiactivo 240 veces el permitido.

TEPCO y las autoridades japonesas no reaccionaron a tiempo y subvaloraron el problema de la fuga de agua radiactiva. Se han vertido ya decenas de miles de toneladas de agua radiactiva al océano sin que las medidas tomadas consigan evitarlo. Los impactos sobre los ecosistemas pueden ser grandes y, como se ha señalado, ya se han detectado peces contaminados con radiactividad.

Descontaminación de la zona

Los trabajos para mantener la central bajo control y para descontaminar la zona han continuado desde el accidente hasta nuestros días.

Debido a los altos niveles de radiactividad todavía no se puede entrar en el interior de los reactores dañados y en una ocasión en que se quiso detectar de donde procedía el agua fugada, hubo que hacerlo con un robot flotante.

Las múltiples tareas a realizar antes de poder entrar en los reactores y poder tomar una decisión sobre su destino definitivo las están llevando a cabo operarios contratados por TEPCO.

Las fugas radiactivas de Fukushima suman ya aproximadamente el 40% de lo que se fugó en Chernóbil, si bien con características diferentes.

Caber recordar que TEPCO y el gobierno japonés están realizando la mayor operación de descontaminación radiactiva jamás llevada a cabo antes. Las tareas abarcan un terreno equivalente a dos veces la ciudad de Madrid. Se trata de limpiar parques, fachadas, edificios, viviendas y plantas.

Es necesario medir y descontaminar cada centímetro cuadrado de tierra con el objetivo de permitir que vuelvan a sus casas las 52.000 personas que aún siguen evacuadas.

Los trabajadores deben ser relevados tras alcanzar las máximas dosis radiactivas permitidas. Se calculan que pasan por Fukushima unos 11.000 trabajadores al año.

En un país como Japón con un índice de paro muy bajo, es difícil conseguir trabajadores que se jueguen la salud en el control de la radiactividad. Se han presentado denuncias sobre la contratación de indigentes y también sobre el hecho de que ha sido la yakuta japonesa la encargada de realizar las contrataciones.

Análisis del accidente

El de Fukushima ha sido el segundo accidente nuclear más grave de toda la historia, tras el de Chernóbil.

Fue calificado como de nivel 7 en la escala INES de sucesos nucleares, a pesar de las reticencias iniciales de las autoridades japonesas empeñadas en quitarle gravedad a lo que estaba ocurriendo, sea por la deficiente información transmitida por la empresa propietaria TEPCO, sea por su empeño en salvaguardar los intereses de la industria nuclear nacional. En la actualidad, se admite que la gravedad del accidente de Fukushima es comparable a la de Chernóbil.

La reacción en Japón se caracterizó por el secretismo y la falta de información. Sorprendió el hecho de que el accidente fuera calificado como de nivel 4 en la escala INES los primeros días, y eso a pesar de que luego se ha conocido el hecho de que sus técnicos penetraron en el reactor en la noche del día 11 y pudieron apreciar la desastrosa situación.

La tradición económica japonesa conlleva la protección del gobierno a sus grandes empresas y la colaboración de estas con aquel.

De esta forma, se produce la protección de TEPCO y, de paso, de la industria nuclear japonesa frente a los embates a que está sometida. Sin embargo, esta estrecha relación se quiebra cuando las autoridades japonesas van tomando conciencia de la gravedad del accidente y se descubren mentiras anteriores de  TEPCO.

En estos momentos el pueblo japonés está en contra del uso de la energía nuclear tanto para uso civil como militar. El Gobierno japonés está decidiendo el cierre definitivo de los tres reactores en funcionamiento de la central de Hamaoka, situada en una zona de gran actividad sísmica a 200 Km. al SE de Tokio, además del cierre de Fukushima I y Fukushima II.

Medidas adoptadas tras el accidente de Fukushima

En el seno de la Unión Europea, Austria promovió la realización de las llamadas «pruebas de resistencia» o de «estrés» de los reactores nucleares europeos. Se trataba de analizar la respuesta de las centrales ante diferentes supuestos.

Estas pruebas suponen importantes gastos para las centrales, que rondan los 25.000 millones de euros, para todo el parque nuclear europeo y a unos 750 millones para las centrales españolas.

Las pruebas comprueban la resistencia frente a terremotos, tempestades e inundaciones. Ordenan mejorar los sistemas de venteo de las contenciones y monitorizar los gases explosivos, así como disponer de una sala de control redundante. Además ordenan la creación de un equipo de emergencia común, ubicado fuera del radio de influencia de la central y capaz de personarse en ella en menos de 24 horas. El CSN ha realizado un informe en el que obliga a las nucleares a realizar las mejoras que se deducen de estas pruebas antes de 2015.

Situación nuclear mundial

El accidente de Fukushima puede tener un impacto para la industria nuclear mayor que el de Chernóbil.

De hecho la producción nuclear mundial bajó un 7% en 2012 respecto a 2011 y un 10% respecto a 2010, sobre todo por el cierre de 8 reactores en Alemania y por la parada de todo el parque nuclear japonés.

En estos momentos la producción nuclear se encuentra en los niveles de 1999. De hecho la producción eólica mundial supuso 330 TWh en 2012, por encima de la nuclear, que llegó a 78 TWh. La producción de electricidad solar fotovoltaica crece de forma regular y se aproxima paulatinamente a la nuclear, con una producción en 2012 de 40 TWh.

 

El hecho del accidente ocurrido en Fukushima trae y traerá consigo la necesidad de nuevas inversiones en seguridad, lo que encarecerá aún más los posibles nuevos reactores e implicará la toma de medidas que implicarán nuevos gastos para los que todavía funcionan.

Así, el nuevo reactor de Olkiluoto en Finlandia, se ha encarecido en 10 años en un factor casi 4, corregido por la inflacción, y el de Watts-Bar 2 en EEUU, se ha encarecido en un 60%.

De hecho según la agencia de calificación Standard and  Poor’s las emisiones de productos financieros de siete compañías nucleares, de once analizadas, están a la altura del bono basura. No es causalidad que Siemens  haya cerrado su división nuclear.

Las inversiones mundiales en renovables superaron en 2012 los 260.000 millones de dólares, mientras que las inversiones nucleares no llegaron a 10.000 millones. Lo que confirma el declive del sector nuclear.

El impacto sobre los diferentes programas se ha dejado notar, especialmente en Japón y Europa:

  • Japón paró todos los reactores y solo funcionan uno o dos, dependiendo de la época, así como el cierre definitivo de 14 reactores y el abandono de la construcción de dos.
  • Alemania cierra 8 reactores y decide recuperar el plan de cierre de sus reactores tras 32 años de vida.
  • Suiza decide cerrar sus nucleares cuando cumplan 40 años, a pesar de que la aportación nuclear a su mix eléctrico es del 40%.
  • Italia vota no a un posible renacimiento de la energía nuclear.
  • Francia abre por primera vez un debate y se piensa en el cierre del 10% de los reactores.
  • Inglaterra por su parte debe inaugurar un sistema de financiación claramente ventajoso para la nuclear y de dudosa legalidad para que todavía tenga alguna oportunidad la central de Hinkley.
  • Bulgaria abandona dos reactores en construcción.
  • Austria es la impulsora la realización de las pruebas de estrés que implicarán un coste de unos 25.000 millones de euros en cambios en el parque nuclear europeo.
  • Brasil, India, Rusia y EEUU han cancelado varios proyectos.
  • China, Armenia y EEUU se ha retrasado la construcción de nuevos reactores.

En el momento actual hay en el mundo 59 reactores oficialmente en construcción (algunos llevan figurando como tales en las listas de la OIEA durante más de 10 años), tres menos que en 2011. 

Hay que decir que el ritmo de entrada en funcionamiento de los nuevos reactores no consigue compensar a los que se van cerrando.

 

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